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Cuentos

¿Quién vive en la fórmula-crepúsculo?. Capítulo La Inmediación. Por naKh ab Ra [Cessna 3-20]. Soy una pilota de la onda viva. Uno de mis nombres es Cessna y a veces le agrego 320. Mi nombre civil es irreal: me investigan por mis sobrenombres reales y yoh investigo a través de sus ópticas no-heredadas. Mi cómplice optoelectrónico, Ray-Ban, es quien me ayuda con las lecturas de las frecuencias de luz y demás licnosofías. El vínculo entre el ojo y la idea es fundamental para él; para mí entre el ojo y el aire o entre el ojo y el vacío. Mejor empezar por el fuera de campo: ¿por qué insisten en contratarnos? ¿Qué nos hace (a Ray-Ban, a mí, a la Estación Solar en la que trabajamos) cierta pintura respecto a nuestras indagaciones más secretas por secretantes, para que nos sigan enviando sobres con reproducciones y en particular éstas? Coincidimos en que exudan dos tipos de rigor exploratorio, que hasta puede silbar: el del estudio de la oscilación (si hace mella = si pinta), y el de las fuerzas que le son inherentes. Pero las fuerzas no son meramente abstractas ni son “las” ni se hallan en las profundidades: cubren la superficie configurando el espacio de las tensiones. A la vez no tienen nada extrínseco que se perciba desde algún enfrente y a salvo. En cambio nos liga a una adivinación libidinalmente comprometida con sus gestos-fuerza. Estos dos rigores conviene entenderlos sin asomo de tensión psíquica ni competence, sino desde un apetito exploratorio y probador que perservera sobre sí y sobre otros síes. En la cabalgadura de la onda se juega un fondo por el que puedo penetrar. “Fondo” que ya adivinamos que está en la superficie: inversión especular –diría Ray-Ban–, aunque simplemente resulta que emite y difunde como señal que va a distribuir. Aclaremos que el fondo no es el cielosuelo ya que su operación de fórmula crepuscular invade hasta el menor grumo: amanece y atardece al trazo en estas reproducciones [más bien perturbaciones], algo que como pilota me fascina indagar. Oscilación y fuerzas, además, dan en turbinación y en turbulencia. Sea por los pájaros arremolinados de Sasha-Min (parecen venidos de un efecto-Van Gogh) o por el cóncavo campestre que abre el cuadro en Lulamar, estas obras pendulan en amplitud de barrena ya que así descubren la distribución pictórica que más les conviene: amanecer / anochecer, ocultamiento / aparición, sombra viva / crisálida aparicional. El fondo no es un cliché de profundidad ni un plano regalado que sólo admite la preposición “sobre”, sino un potencial de distribución que no tarda en volverse entitógeno, sobre todo en cuanto inserción vegetal y animal. Aquí es un régimen energético el que puja y reparte: de allí el potencial distributivo / germinativo. Tengo la impresión de absorber la realidad vibratoria de un gesto que corre por ahí, pero es un gesto nonato: no sabemos cuándo ni quién lo hace ni si lo hace alguna vez pero opera no-nacido. Y a tal punto opera que por su insistencia arriban esas crisálidas aparicionales en Lulamar, que es un aspecto del fenomenío de sus criaturas, mientras que en Sasha-Min el plano meteorológico se elastiza y alisa para la navegación háptica. Suele haber ontogénesis en la pincelada más breve (la parte obviosa de su historia), pero no siempre llama a ser captada así, ahí, en flagrante acto de autoinformación cada vez que se la pesca o contempla: es la continuidad del gesto empapado en la fórmula crepúsculo. Mientras escribo Ray-Ban otea la progresión del programa SETI [Search for extraterrestrial intelligence] en su PC, y me alcanza un libro en el que señala la frase: “Es sólo en tanto fuerzas que materia y forma son puestas en presencia”. Sencillamente materia y forma se vuelven obsoletas: no porque cundan conceptismos de vanguardia sino por algo menos perentorio, más rumiado: se trata de la apertura gestual que, llevada en su estela desde el particlo hasta sus concrescencias, abre, con su auscultación cromocinética, a la presencia y a la presentación. La palabra presencia no es irrelevante: los recitales de pintura de Lulamar, que Sasha-Min porta en su adn iluminativo, enfocan la inminencia por la que puede inmanecer una presencia mínima o máxima, con algo bioluminiscente, es decir con señal etológica (presencia no-ontológica acaso ontodélica). Y es que los lulamaris y sashamins (hay tribus en sus pinturas) saben que no hay comunidad viva sin una presentación en la que cada individuación surge por un cúmulo de trazos luminosos, luciérnagas de fórmula crespuscular, señales, informalescencias. Flujos de fotones del espectro visible o invisible que por igual configuran el fluido existenciador de sus operaciones. Lo mismo que hay una literatura menor habría también una luz menor –sugiere Didi-Huberman–, y es justamente de esta luz que se hace la fórmula-crepúsculo: menos de un crepuscular referente que subacuático, por tratamiento de luces menores merodeadas por sombras vivientes. Aparecer / disolver en la onda optocromática, iluminativa por desiluminada, que el recital distribuye (recital viene de “citare”: poner en movimiento), es otro síntoma del viaje en marcha, de la presencia que asoma en base a linternismos recurrentes, que son también enjambres de pinceladas con ese algo de señal biológica. Para ninguno de los cuatro (nos incluimos) los recitales de pintura son un detalle accesorio. Desde alguna ocasión en la que Lulamar los activó en el sótano de la Estación Solar, nos hizo saber, sin emitir palabra, que no se trata de una manera ocurrente de mostrar, sino de una instalación colocada directamente en el génesis recurrente, algo paleozoico, de cierta pintura, aun cuando parezca “finalizada” (al menos estas pinturas nunca finalizan: sólo aguardan las linternas adecuadas). Si finalizada, entonces no recitable. Si en marcha, va al recital de poesía (quise decir de pintura). Luego (a la vez), puede pasar que un móvil luminoso se verifique en el crepúsculo: ¿es un avión, es un ave, es la luna, es el superhombre? Siempre estamos a punto de ver algo más ( = algo más que la mera suma). O bien nos vienen a buscar o bien vamos a la busca, linterna en mano, hacia un espesor incorporal / corporante del que va a surgir... ¿una nube, una criatura o una verdura? ¿Quién vive? ¿Quién ve en la fórmula-crepúsculo? Es sobre todo el imán de la invocación / evocación en sus capas existenciadoras. La pintura es un enclave. Y así hasta el círculo de la Luna se hace de mediogiros mercuriales de yin y yang, o hasta la cutícula escamada y escamante del plumaje es un apretado abanico de embriogénesis, de joyeles perplejos guiñándole a nuestra perplejidad crepuscular. [Ray-Ban] Una pilota como Cessna experimenta indiscerniblemente del empuje a turbinaciones en el que viaja: entre la impulsión y el impulso su élan aviónico le imprime un entusiasmo que tiñe sus adivinaciones de un rasgo hiperbólico. Pero como óptico sereno me contratan para acotar ciertos diferenciales: percibo a Sasha-Min volando hacia un casi-cero de las formas en su deslímite panorámico, al que arriba por rodeos y giros que abren el vacío interelemental. Mientras que Lulamar, desafiando la amplitud modular de su gesto que también concava un vacío de fuerza, arriba a esa crisálida de entidad sugerida por Cessna 3-20. Tal crisálida perfeccionada hacia el máximo de su nitidez, es casi un golpe de campana, sino un gong: la osadía de dar el golpe entitario cuando todo hubiera podido ser oscilación y vaciado (momento que entre sashamins se sostiene: otro tipo de gong). Pero a menudo veremos surgir entre lulamaris una minucia de vidriería modular venida a presencia que hasta parece autogenética, un cúmulo de fuego sobre el agua. Y otras veces puede ser como un fragmento de blasón, el dibujo de una naturalista que muestra un ave entre luces, heredera aventajada de un avistador de aves y pájaros. Pero en Sasha-Min el cúmulo (cumulunimbus) avanza hacia una distensión aeróbata, de superficies, cuando en Lulamar resalta la tensión hacia el revés que se le planta al barrido o a la quietud: algo vendrá y sino hará que venga, magista, para que pruebe lo que es bueno: una invocación, un recital de pintura dentro de la pintura. Si los sashamins entran en la distensión del vuelo nocturno, las lulamaris plantan la tensión de su vibratto aparicional. Cada cuál descubriendo sus trayectos: de un lado se desnudan las maneras de la existenciación pictórica por su continuo recital en-pintura, mientras que del otro se abre la difusión hacia el espacio meteorológico que, siendo a la vez traslúcido y nebular, distiende la membrana que disuelve y coagula. “Crear para ver”, dicen ambas tribus. [A coro] “Imaginaron ser los pasajeros de un submarino perfeccionado inspeccionando, a través de los ojos de buey, los misterios de la fauna y la flora oceánica. Por lo demás, el espectáculo que se ofrecía a sus miradas tenía algo de subacuático (...) Hacía pensar en los grandes acuarios, aunque sólo fuera por la luz”. Giorgio De Chirico, Hebdómeros. Pilota y óptico cantamos a coro que Lulamar y Sashamin emprenden, cada vez, un viaje hacia la nitidez. No la nitidez de la forma, menos aun de lo sólido y acabado, sino de las cualidades de la luz que sus operaciones hacen pasar. El aparato que se puede inventar para hacerlo (la pintura misma, el agua, un ojo, el vitral), es puesto a irradiar como un carbunclo o bien bajo flujo líquido, aun cuando el plano tienda al monocromo: ahí se cocinan las tramas de aguas aéreas de la visión. Se vuelve una pericia oculista, a veces ocultista, implicada en el velar / traslucir / ondular / incandescer. Entonces la nitidez que hace pasar puede ser subacuática, otras veces aérea y fueguina, vale decir interelemental, y es en y por esas mezclas elementales que la nitidez no-geométrica ni aleccionadora aparece. Es, además, claroscura por naturaleza antes que por opción: una suerte de fatum linternista. La oscuridad trasluce, la sombra vive. Y la traslucidez que otorga lo subacuático linda con el húmedo cristalino que es el ojo. Juncos, helechos, flores o pigmentos, son generados desde ese cristal acuático que hace pensar en los acuarios “aunque sólo fuera por la luz”. Esa nitidez bajo agua, a diferencia de la nitidez de los sólidos con sus ángulos duros, no hace a un lado las ondas y torbellinos, logrando, en cambio, la descodificación líquido-pictórica de la luz, aun si enfocando el aire desde el cockpit. Sin lugar a dudas Lula y Sasha van de viaje en el submarino hebdomérico, si bien Sasha-Min indaga la fase aérea del efecto inmersivo. “Los misterios de la fauna y flora oceánica”, mientras tanto, pueden transferirse a la tierra. Y lo extraterrestre, lo sabemos, es el océano (nuestro SETI escanea el mar: lo apuntaremos en otro capítulo). Ese viaje en la nitidez incandescida o líquida, incluso nocturnal, logra que la pintura se vuelva el enclave que mencionábamos, lo que en nuestro capítulo llamamos la inmediación. Medios entre medios con un aliquid alboreante, incluso en lo oscuro. Es la paleta que llaman entre luces, capaz de asumir la nitidez del tornasol terrestre. ¿Habremos olvidado tal inmediación en base a la cegadura de “la” luz y las pantallas? La auscultación háptica prefiere el color que se recita en la inmediación por la que una pintura es al fin quien vive ahí, intensificada por la atención operativa que se le dedica. Mágica, la inmediación, ya que hay confianza en la aparición que vendrá, aunque arribe tras mucho bascular / vascular los gestos-fuerza sobre el terreno, desde unos vaciados inductores. Hasta que surgen frutos verdes o moléculas, hasta que hay especies florales que destilan una sutil aberración: así es el régimen energético: satura el vibratto, los timbres, su nitidez es aquella aberración vegetal que degustaba Monsieur Teste. ¿Algo más nítido y aberrante que un fruto surgido de la frotación pictórica? Frotar para ver, como con la lámpara de Aladino. Entonces llega el tratamiento minucioso, casi como una caligrafía de la con-figuración: hay una vigilia lúcida ahí, no una “corrección vigilada”: aquella convive con el dragón ctónico de las fuerzas: hay vegetación, grietas, criaturas, corrientes atmosféricas y magnéticas recitables. De todas maneras hasta la aparición más inaudita es presentada con una suerte de naturalismo oriental, como si algo de eso que se está viendo, fuera nada más que una magnificación del detalle pintado sobre un zapato de madera que se usa para tomar el té. Características inflorescentes, de lechuga o de repollo en la percepción, en clave de verduras (“el prado de veduras”, escribía en proto-barroco San Juan de la Cruz). Y en contrapunto se nota cómo la tribu de sashamins amplía el período de onda de un vuelo para mostrar apenas su hilo mercurial, su arco voltaico, acaso un río, que en otro cuadro será la grieta que subraya la presencia del dragón tectónico. ¿Quién vive ahí? ¿Quién ve ahí? La Luna, en Sasha, además de la pintura y el dragón de la fisura, luna que es un ojo de yin y yang por el que el Tao recita la noche. Esa superficie noctambular lleva al máximo Indefinido que socava el figurando. Henri Michaux escribe en El infinito turbulento: “En una figura dada un espacio minúsculo que comienza a socavarse de indefinido”. Una dilatación de la imagen y del horizonte a través de un ritmo de mútuos esclarecimientos que apuntan a sostener viviente la visión, a mantenerla con vida en pintura, como en los recitales mencionados: esa vivificación y esa supervivencia es un efecto que en artes visuales interesa menos de lo que se creería, y si acaso interesara, hasta ahora no se había dado con el método, con la inmediación para que suceda a la vista de quien fuera que observe. ¿Con esta inmediación mágica actuando en ambos, nos aproximaríamos a aquello fantástico, o más bien será “el flujo poético una cabalgata cuya finalidad ondula y desaparece”? La fuerza, el plano y las ondas, por su potencial energético, abren un obturador que no va a apuntar al mero verosímil porque está habitado por unas potencias que por sus características no coinciden con la designación, es decir con el mundo efectuado. Son los medios de un trance que ya no se declama ni declara porque es lo que nos toca de percepto tras la revoluciones perceptuales de los últimos siglos. Revoluciones menores, como nuestra luz menor, que se vinculan a las inserciones vegetales e interelementales, a veces con un sutil efecto-monstruo de lo vegetoanimal, que es también el efecto-grieta, en lo rupestre, mostrado por los sashamins. Pero a la vez rigor pensátil porque mente plástica. De Lula nadie dudará que “piensa en pintura”, mientras que nadie dudaría que Sasha capta al vuelo y traza. Baste aclarar que aquél pensamiento está lejos de un cerebralismo programático, al contrario implica “recoger, resonar, mezclar, cocinar”, como escribe Lulamar en un texto. Confirmamos ritmos de parentesco entre las dos tribus, entonces, que como entre los primos gitanos tienen menos que ver con el linaje que con la resonancia del afecto, con su energética verbo-imaginal, con la manera en que los afecta la mirada, el paisaje y la cantilación. Y ambas tribus, como las “primitivas”, pujan para que los elementos tengan entrada y salida libre, ya que en eso consiste la magia. “El sistema interelemental es más vasto que la materia”, cantan a los cuatro vientos, ya que adivinan que el materialismo mayor no basta ni bastó para pintar con luz menor. ¡Que la inmediación las proteja y las haga resonar-recitar sin fin! Estación Solar, equinoccio-22.

Respiraciones. Por Dani Umpi En audios de Whatsapp Guadalupe Fernandez me cuenta que desde hace treinta años dibuja como quien respira, sin dedicarse a un proyecto puntual, a destiempo de los tiempos que corrieron. El rol curatorial de Galería PM es decisivo en la elección de puertas de entrada para conocer esta artista que se pone al margen de las tendencias y categorías como lo kitsch, lo naif e incluso el surrealismo. Las obras seleccionadas se presentan como paisajes. Fantasías de fines de los noventas y fantasmitas recientes con un velo lunar. La luna como eje, la noche, el inconsciente, el espejo. En las charlas surgen datos personales que pueden develarse en este texto para redoblar el misterio. Los horizontes presentes corresponden a la rivera del Río de la Plata, más específicamente la playa uruguaya Santa Ana (su idílico y amoroso refugio en tiempos pandémicos) y a tierras nórdicas. Estocolmo, Suecia, paisajes donde creció junto a sus padres exiliados y amigas de entonces, de siempre, que vuelven en for- ma de muñequitas, calabazas... lo que también linkea con su fascinación por la obra poética de Marosa di Giorgio y aquellos universos de naturaleza lujuriosa donde las perlas se enamoran de las rosas y dan huevos a luz. Son paisajes que la han atravesado en ese camino de la pintura como espacio de libertad. Bodegón, rincón de recuperación de objetos personales, colores que dan ánimo, altarcitos en árboles, invocaciones y evocaciones al óleo “a la old school”, como aclara entre risas. Cuando propongo hablar de la dimensión metafísica de estos cuadros recuerda una muestra de hace varios años en Papelera Palermo, que se llamó “Metafísica salvaje”, también relacionada a Marosa di Giorgio. Me da punta para pensar estos paisajes como espacios poéticos, engañosamente infinitos. Puede que sean surrealistas o, para inventar un sincretismo y jugar con los paralelismos, lo asociaría más a la pintura metafísica por sus atmósferas conmovedoras, desérticas, en las últimas o primeras horas de una eternidad, con plantas y objetos cotidianos descontextualizados, oásis, sin raíces ni otros sueños que los que no pueda imaginarse. Sin embargo no generan tanta melancolía o soledad, son sueños lúcidos llenos de deseo, ilógicos pero verosímiles, ni abandonados ni inmóviles. Tienen optimismo. Dice sentirse contemplativa pero con la mirada hacia el interior. Me olvidé de preguntarle si era un ejer- cicio psicoanalítico. Mejor quedarme con la duda. No es un lugar común decir que el óleo es una técni- ca que requiere tiempo de maduración, como también tiempo para hacerla propia. La gente que pinta con óleo está siempre en la misma, son como un club. Es que esa técnica es un camino de búsqueda de sentidos. Guadalupe siempre reservó un espacio de las casas que ha habitado para ese trabajo. Un vivero, un refugio que supo estar en el living o lejos. Un taller. Un taller puede ser una mesa, una computadora o un edificio. La hoja en blanco. Pero sólo ocurre y fluye si se ha encontrado una disciplina metodoló- gica propia, constante (en el caso de Guadalupe, diaria) que le permite avanzar con curiosidad entre las incertezas, sin distracciones. Disciplina. Guadalupe también da talleres. Cuando en el año 2013 el Ministerio de Cultura de entonces inauguró en Barracas La Casa de la Cultura, tan necesaria para la Zona Sur, con museo auditorio y galería abierta, Guadalupe formó parte del equipo de creación de la colección patrimonial. Se donaron obras para el espacio. Guadalupe se centró en los artistas del barrio. Así fue que conoció a Luis, quien hace diez años era un jovencito con varias carpetas repletas de dibujos. Se dedicaba al boxeo amateur y dibujaba con un trazo delicado, preciso. La producción era abundante. Por entonces y ahora mismo la dinámica de este dibujante se ha mantenido. Dibujos de observaciones que rescata, con una mezcla de escuelas y técnicas muy personales (¿hay algo de manga o es una casualidad? ¿le interesa el cómic o nada que ver?), situaciones y cuerpos que son sorprendidos en el camino, en trayectos, transiciones. Algunos van camino a la heladera, a la calle, a la guerra... androides de toda escala, seres humanos, humanos que son quién sabe qué, cuerpos sensuales, dislocados, escenas que llenan la hoja sin superponerse del todo. Cada hoja es un sueño y, a la vez, contiene sueños que continúan en otras hojas. También hay fe. Creo que esa es la línea para ordenar y leer el caos que propone en cada página. Luis me cuenta que dibuja lo que sea. Lapiceras y hojas blancas. Saca ideas. La lapicera lo desafía a no equivocarse o resolver los tropiezos con ingenio. Seguir para adelante con el dibujo con todas las metáforas que se desprenden de esta práctica. Dibujar y dibujar hasta completar esta página y otra más. Dibujos rápidos que buscan patrones, cosas parecidas. Me manda un audio hermoso: “Siento que el arte se potencia cuando quiebro las figuras. Cuando saco alguna parte agrego una línea de más en donde sea, que atraviese cualquier lugar de la figura. Ahí siento que realmente está el arte. Es lo que me llena. Me gusta mucho, me pone contento dibujar un objeto, una persona. Cuando hay un secreto, cuando esa persona o ese animal tiene algo de más que no vemos, sólo puede aparecer en el dibujo. Ahí está el arte, en la línea demás. No hay una fórmula. El disparador puede ser cualquier cosa, una película o serie que estoy viendo, lo que sea, pero siempre quiero hacer algo más, cosas impensadas”. En el año 2009 Luis comenzó a firmar sus dibujos y al poco tiempo agregó la frase “el dibujo no se borra” presente en todas sus hojas desde entonces. La firma, el final. Luego comenzará otra, o a varias en simultáneo. Nada se pierde. Todo se rescata y continúa, como en un cadáver exquisito a la vista. Los dibujos también muestran una creativa organización del caos, una dinámica casi de ciencia ficción pero con elementos reconocibles, vinculados a veces con humor y otras con la crudeza de la vida misma. Los huecos se llenan con nuevos dibujos formando una gran trama de fragmentos. Lo pequeño se transforma en algo grande, en una idea general que se incuba y fermenta en mil conexiones, multi- tasking, como nosotros, ahora, conectados y desconectados, combinado distracciones con las preguntas existenciales de siempre. Lo cotidiano con lo onírico en un papel, en un mantel, en una mesa ordenada.

Intraterrestres y extraterrestres. Por Javier Villa Los pelos interminablemente largos y ondulados de cada una de las entidades de la comunidad caían como una luminosa lava blanca y vibrátil desde la cima del zigurat; una cascada cálida de luz que acariciaba y ablandaba el ángulo de los vértices de cada nivel de la mole pedregosa de la escalonada pirámide. El más alto y pequeño era el nivel de un día, luego venían el de las semanas y los meses, para finalmente terminar con el nivel de los años - el más bajo, largo y ancho que hacía de base a todos lo demás. Las entidades de la comunidad sonreían con la misma tensión aplicada a la curvatura de cada mueca de cada uno de sus orificios, no tenían muchas arrugas (y ya nadie respiraba raro). Soplaba brisa ahí arriba de un día. El primer nivel del zigurat ocupaba doscientos cincuenta metros, mientras que el último era un pequeño cuarto para que una sola vez al año se juntaran todas las entidades a apretujar y entremezclar su energía y así reiniciar el ciclo de vida. La enorme mole piramidal existía con el solo propósito de sostener en su cúspide a ese específico cuarto para que sea usado durante ese único encuentro del día indicado. Como nunca nadie había puesto en duda la solidez de la estructura, todas las entidades se sorprendieron cuando el zigurat comenzó a meterse hacia adentro. El día tragado por la semana, las semanas por el mes, los meses por el año. La tierra y las piedras, y algunos plásticos incrustados, comenzaron a sacudirse; primero leve y después con mayor intensidad. La corteza terrestre se abrió y el zigurat y sus entidades fueron engullidxs por un hueco negro sin dimensiones. Al poco tiempo, el planeta comenzó a cerrarse. Las comunidades intraterrestres llamaron a ese suceso el gran desgarro y, aunque fue considerado como un mito de origen, sin el sol y sin el roce del aire se transformaron en una sociedad cuya presencia dejó de estar atravesada por el tiempo. Las entidades no nacían, no crecían ni morían y, sintomáticamente, conservaban un único recuerdo: el tiempo, como un juego aplastado de cajas chinas. El tamaño de cada pieza podía variar, pero nunca cambiaba la forma. Recordaban al tiempo como una herramienta que existió para medir el espacio y tallar sus límites. En el interior de la tierra solo tenían la presencia ininterrumpida y ondulante de su propia luminosidad, carente de coordenadas espaciales precisas. Durante ese mismo momento del gran desgarro que unxs descendieron, otrxs ascendieron. Pero mientras los intraterrestres ubicaban el origen del suceso en la altísima energía que llegó a condensar la comunidad, los extraterrestres juzgaron que el éxodo del Planeta recaía en la ambición desmedida de un único individuo. Más allá de las hipótesis, la corteza terrestre quedó desolada, y sólo dominada por miles de piedras que se movían sin freno. Podían ocurrir choques y fricciones hasta el desgaste, pero nunca variaba la velocidad. Desde el interior del planeta se percibía al mundo de las piedras cómo a un único sonido continuo, que delineaba desde afuera al globo que los recubría y masajeaba la presencia lumínica y difusa de cada entidad. Desde el exterior, se lo observaba como a una nube lejana de pura estática de color marrón. A la distancia, la tierra se sentía levemente fuera de foco, cosquilleante. El día del desgarro, el individuo encendió el agitador. Su objetivo era testear la gran nave. Replicar las condiciones de fricción. No podían existir errores técnicos. En esa nave viajaría la primera Colonia y posiblemente la única. La nave tenía las dimensiones de un pequeño pueblo. El agitador que debía testearla era levemente más grande. Para que funcione, sus cimientos descendían hasta la última capa de la corteza. Cuando lo encendió, la Tierra comenzó a ondular expansivamente. Los anillos de piedra nacían en el agitador y avanzaban demoliendo todo. Por más que lo apagaron, las ondas expansivas ya no podían frenarse. Se abrieron orificios aquí y allá. Algunos agujeros tragaban energía y otros la expulsaban hacia el cielo. La primera nave de colonos creada para fugarse del planeta, había autoprovocado la justificación de su existencia. Partieron aprovechando la energía expulsada desde un agujero. Al llegar a Marte decidieron crear una comunidad sin dioses. Nada se elevaría sobre el resto de las cosas. Ni individuos ni edificios. Replicaron un agitador en el nuevo planeta, convencidxs de que su presencia era necesaria para recordar. Y para la aplicación práctica de la nueva estructura social. Una vez al año se encendía el agitador y todo lo construido se derrumbaba. El ciclo se volvía a iniciar, desde cero La comunidad extraterrestre replicaba la destrucción para recomenzar. Nada se elevó sobre el resto. Todo lo material se transformaba. Nadie podía manipular ni diseñar la transformación. Vivían atravesadxs por una cuenta regresiva. Aprendieron a escribir sus mitos y memorias en el aire. Aprendieron a leer el aire.

La Deleuze. Por Washington Cucurto El invierno me está matando. El invierno es algo realmente atroz. Eso hay que transmitirle a los nuevos seres que habitarán la ciudad un día. Hijos, nietos, sobrinos,vecinas, nuevos funcionarios progres, etc. El invierno y la guerra... Los primeros días de nieve me producen escalofríos, gripes, mocos, fiebre. Aún así, salté de la cama y me hice unos mates rapiditos. Mi china de Taiwán, poeta y editora de poesía del sello Nebliplateada, gesti-culó desde la cama. -¿Para qué te levantas tan temprano con este frío? -Tengo varias cosas que hacer, chinita... -Bueno, pero antes cebate unos mates y poné a Laje para ver cuántos piquetes habrá hoy en la 9 de Julio. Vivimos en la Avenida de 9 de Julio. Tomamos el cajero automático que està en la esquina Viamonte y Cerrito, del banco San Juan, le tiramos un colchón,y aquí estamos sobreviviendo junto a nuestra amada perra de ojos violetas Cleopatra y la infaltable e infalible personal computer, Mac Pro, obvio, y cuando se muere (la compu, no la perra) recargamos su batería en el Mostaza de la esquina. Mi china chamuyó a la Prosegur de la puerta del baño y ahora podemos entrar a hacer nuestras necesidades sin consumir. Sin consumir... qué vida puede preciarse de tal sin consumir... Somos artistas venidos a menos, apartados del mundo de arte, del mundo de la literatura, del mundo del periodismo, del mundo de la moda, del mundillo de los planes sociales, del mundillo del snobismo, del mundo de la militancia K y Pro, pero aún así sobrevivimos. De noche, frente al Teatro Colón que se llena de nieve, salimos y tallamos -guante de por medio- gigantescos osos de nieve, que a la mañana siguiente son destruidos por el portero del Colon. Verdaderas instalaciones efímeras y potentes tipo Jonhatan Messe que brillan en la noche fría y azul. No hay manera de que dejemos de ser artistas; de la misma forma que hay mil maneras de hacer arte en cualquier parte, de cualquier forma, incluso sin que nadie se de cuenta, que es lo más divertido. Me tomo unos cuarenta mates con la china de Taiwán (ya no quiere que use el posesivo porque es machista y ella no es de nadie, que quede claro, ni amorosamente, ni económicamente, ni ideológicamente, que quede claro). (Laje el comentarista de la mañana me quema la cabeza con los negros planeros) y salgo con mi perra a dar una vuelta infinita por el microcentro, por la Plaza San Martin, por Retiro. Cleopatra es del Planeta Tritón de los Tritones de Tropeles, un Planeta destruido por astronautas rusos. Cleopatra es la madre de Pablo Picasso. ¿Acaso pensaban infames terrícolas que Picasso era de los suyos? Ja. Es de los nuestros, un impostor más. Por mi parte, soy del Planeta Tropel de los Tropeles de Tritones, camuflado como poeta, como editor cartonero, como un joven y vigoroso Cucurto. ¿Saben quienes eran los cucurtos en mi Planeta? Son parte de los Goupi. Un día con mejor imaginación les cuento. Dando vueltas con Cleo, llegamos a la galería PM, donde exponen dos jóvenes artistas. La mano del artista se ve a lo largo de las tres paredes donde se exhiben obras. Todo está hecho, cocinado, pintado y pensado a mano. Me encanta. Me fascina que el artista sea como un artesano y todo lo haga a mano con dedicación en su taller. El arte digital nunca me gustó. En las paredes están expuestas alucinantes cerámicas del tamaño de dos baldosas que me hacen acordar a mosaicos con mucho relieve y personajes, autos y árboles dando pie a todo. Una luz fucsia salida de una de estas obras me atrae hacia su centro, la energía artística-crubellatti me ingresa de cabeza a su mundo, mientras Cleopatra trata de agarrarme mordiendo mi tobillo. Abro los ojos y soy un hombre de pigmento azul, mi piel es azul, de un azul pigmental único en el mundo, salido directamente del cerebro del artista. Hasta los sauces y tilos de la ciudad son azules. Camino por una avenida 9 de Julio de cerámica, doy un pequeño salto y ahora estoy en un mundo verde, de un verde precioso que no lo sacas con las témperas Allba; camino entre automóviles y motociclistas de Pedidos ya. Me doy cuenta que toda Buenos Aires es una obra de Crubellati de cerámica. Y ahora estoy manejando una camioneta blanca preciosa, de La Deleuze... y soy feliz de tener el alma de cerámica, el corazón de resina y la piel de los pigmentos más locos. Recuerdo que un par de meses antes intercambié unas palabras con Crubellati que seguro es otro extraterrestre que a través de su arte minucioso y hacedor me lo mandaron los del Planeta Vecino. Aclaración: (Planeta Vecino es un planeta más artístico mientras mi planeta es un planeta más de sex simbols. Y como me gusta el arte, también quedé medio arafue en mi propio mundo, en fin). Saco mi telefonito de cerámica Crubelatti y llamo a Cleopatra para decirle que no se preocupe que ya vuelvo, estoy en un viaje, pero “no te vayas, bancame, Cleo”. Una nube negra de cerámica se posa encima de mi camioneta blanca cuadrada espectacular también hecha por el artista del Planeta Vecino. Cook, escuchá. PM se desplegó de su plataforma terrestre y se elevó y ahora vamos navegando por el cielo, a la altura del Kavannagh! Ok. Que yo estuviera en un flash con las cerámicas ok. Pero que PM salga volando, ya era mucho. Salté con mi camioneta al exterior de las obras, como si fueran una ventana al mundo. Y en verdad ahora que lo pienso, las obras son ventanas... ¡Qué feos son los colores del mundo!, fue lo primero que divisé. Llegué manejando a PM galería y había un hueco, tipo Las Torres Gemelas. Miré al cielo y vi que la galería flotaba ahora ya sobre el Río de La Plata. Nicolás Dominguez Nacif, Enzo, La Vampira que había ido de visita, un artista pop sensual que había venido disfrazado de Pettinato, Crubelatti, Podri y Cleopatra agitaban brazos pidiendo ayuda. Aceleré mi Deleuze y escalé el Kavanagh como si fuera la ladera de una montaña, seguí acelerando hasta que la camioneta tomó tal impulso que cayó justo encima del techo de la galería. -¡Qué pasó Cleo!, grité. -Las pinturas de Podri estaban calladitas, perfectas y divinas, todo el mundo se sacaba fotos con las obras, pero de pronto desapareció el retrato de Berni. -¿Qué? -Podri se había mandado un retrato de Berni impresionante. Igualito, muy hermoso. Pero de pronto desapareció y se oyó un estruendo en la trastienda y apareció Berni retratado de cuerpo entero subido a una patineta con un joven morocho de manos gigantescas que también era personaje de otra obra. La patineta con el Berni encima hizo tal estrépito que produjo un temblor y después una explosión que envió a la galería hasta donde estamos. -¿Llamo a los bomberos? -Noo. Acá están decidiendo qué camino tomar. Son tan buenas las pinturas de Podridisima que están pensando en ir a la Bienal de San Pablo y de ahí a Venecia, donde hay otra feria y luego a Dresden donde esta Kasel, otra feria. Y de ahí piensan ir a la feria de Miami y de ahí directo a la playa. -Te faltó la feria de Arcos, en Madrid, anotenlá, le dije a Cleo. Agregué: Pero ¿hay tantas obras de Podri? Sí, ella ya está pintando en la trastienda, por lo cual todos los tripulantes de PM nos volveremos ricos a la brevedad, me gritó Cleopatra. No sabía qué hacer subido al techo de la galería metido en la camioneta de Crubellati. Una nube negra de cerámica me seguía. De pronto oí un estruendo y caímos todos chamuscados, dando vueltas como meteoritos o soldados ucranianos después de un ataque ruso. Las latas de mi Deleuze abrasadas y la galería cien metros adelante llena de hollín semienterrada en la arena de la playa. Buen aterrizaje. ¡Alto ahí maricones!, nos gritó un bellísimo ejemplar represivo yanqui de las playas de Miami. Cuando dijo maricones, todos pero todos, automáticamente levantaron las manos, derretidos por la belleza del ejemplar represivo de atuendo pegado a los músculos, en bicicleta y botitas azules. Nico, Crube, Enzo, Marrone que estaba de visita, La Vampira obviamente levantó los brazos diez veces, el artista pop sensual, Cleo y Podri. En cambio, yo estoy acostumbrado a estas eventualidades típicas del flete callejero, en vez de levantar las manos aceleré mi camioneta y salí a toda velocidad, mientras a mis espaldas retumbaba un disparo y en el horizonte un pez espada me guiñaba un ojo.

Desplegar el plano. Por Cristina Postleman La mañana del 12 de octubre del año 2022, se despertó no sin cierto nerviosismo. Se puso en marcha con la decisión de calmar su entumecimiento. Pensaba que este se debía a los choques con bloques y ángulos que constantemente debía sortear. Pensaba que, por eso mismo, era necesario abandonar esta composición. (Siempre ha convivido con la claustrofóbica presunción de que el cálculo no puede ser todo). Ahora se dejaba llevar por la obstinación de, al menos, desplegar el plano. Ensayar la displicente experiencia de acariciar a la velocidad del pincelazo sobrio, los monstruos indescifrables que pudieran presentarse en el proceso. En el trance hizo constar que, por razones últimas que expresa aún desconocer, la superficie del plano es incalculable hasta el momento. Y que pliegues de distinta conformación arrugan esta planicie. También lo empecina la hipótesis que sostiene que al límite de la torsión sombras irregulares no dejan de aparecerse y que no se sabe qué tipo de realidad estas presumen. Y que, (no quiero olvidarme de una de las apreciaciones fundamentales en torno a este plano), no se descarta que una leve curvatura, peligrosamente resbaladiza, le produzca una cierta tensión calórica. De persistir, el movimiento no puede tener más que el ritmo de las llamas de un fuego imprevisible. De insistir, la vida estaría determinada al sólo vértigo incesante. También ha dejado al desnudo, que no faltan quienes despotrican que, del plano, es imposible salir. Inmediatamente, los espíritus como el suyo responden afirmando que sólo con una regla única es posible sostenerse indemne. Hay que continuar en el naufragio de esta perspectiva lábil, asumiéndose en una soledad auguriosa. Presumo que la diferencia está en que la antigua soledad, que arengaba a favor de puntos de fuga paradójicamente bien ubicados, ha sido desechada al diván de los bártulos inútiles. Las fugas son ahora tantas que otro riesgo las acorrala. Pero la mañana del 12 de octubre de 2022 se hizo tomar una fotografía. Es esa la que se conserva de su experiencia. Un primer plano de cuerpo entero y, en lo que insiste en ser un telón de fondo, casi sin diferenciarse, humos apagados de una máquina que ya no funciona. Una sombra más, en la intemperie absoluta de un tiempo detenido. Yo lo observo, pienso en la cantidad de escenas que allí palpitan. Aunque una especie de zozobra me lleva a querer esfumar las más escalofriantes. No puedo engañarme con la planitud y el primitivismo cálido del color de estos paisajes. No puede haber allí reposo. En cambio, siento la latencia de acontecimientos insospechados. Entonces, prefiero amarrarme a esta sombra, a su figura de cuerpo entero, puesta ahí como si el final no fuera inminente. Como si aún las superficies, aún los espejismos, como si no permanecieran pululando los reflujos de sustancias ígneas. ¿Serán estas las únicas huellas solitarias que aún sobreviven, de la antigua inteligencia de esta especie que me atraviesa, que acecha igualmente a mi propio yo? Una pose y un gesto de una vida fija. Un aroma a combustible de aparatos de medición. Allí todo el poder de dar certezas frente al vértigo del azar descontrolado, que estoy, yo en cambio, a capa y espada resguardando. Yo doy fe que la intuición sobre la consistencia del plano desplegado ha sido comprobada, aún si fuera en parte. Que una vez en el desierto despejado, una belleza suave ha irrumpido en la superficie aún humeante. Me encontraba hasta hace unos minutos atrás, aún en el refugio bajo las sombras de paredes anchas, protegiéndome de algo y de alguien. Creo, de la desesperación, yo también haberme transportado al reverso del plano en busca de posibles. Lo cierto es que yo también he abandonado el cálculo. El 12 de octubre de 2022, yo también me arriesgo a erigirme en guardiana de esta perspectiva precaria y urgente. Siempre sospeché que coincidimos él y yo en dejarnos contagiar por la atmósfera de esta morada de soledades frágiles y explosivas, por la prestancia de un camino verde que eventualmente invita a avistar un fuego nuevo, en compañía.

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