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Nouvelle

A.M.I.G.U.E.S. Por Hernán Borisonik (Basado en La máscara de la Muerte Roja, de Edgar Allan Poe) Durante más de un año, la pandemia nos había demolido la vida. No por lo fatal, sino por lo horrible de haber dejado al desnudo la disolución de la compasión humana, entre sí y con el resto del planeta. El virus entraba por la boca y la nariz, dolía en los músculos y mataba en los pulmones. Las víctimas eran segregadas y la sola sospecha de un estornudo podía quebrar relaciones o causar violencia. Antonio Martín Ías era uno de los representantes finales (probablemente, el último) de la alcurnia del país. Nacido el séptimo día del año del buey de madera, desde pequeño había mostrado una sensibilidad sobrenatural y sus aventuras siempre se habían destacado por ser aparatosas y espectacu- lares. Respetado por todo el mundo, comprendió que tenía que reaccionar al estancamiento mortuo- rio del virus. Entonces, llamó a un montón de amigues fuertes, resistentes y alegres de corazón, para que lo ayudaran a crear un refugio recóndito en una de sus edificaciones fortificadas. El lugar era enorme y maravilloso, decorado con gusto excéntrico y rimbombante, con puertas de hierro y detalles de vidrio y yeso. Lo primero que hicieron les amigues al entrar fue buscar las ventanas, pero no había ninguna. Una tenue luz bajaba desde el techo, a través de una secreta grieta que recorría toda la estructura tan sutilmente que pasaba inadvertida. Luego miraron las alacenas: estaban repletas de todo lo necesario y mucho más. En seguida Antonio Martín les acercó máquinas y candados para atrincherarse, pero también para que nadie más entrara y para no ceder a los impulsos de salir. A los pocos meses, olvidando un poco los vaivenes del contagio exterior, fueron invadidos por una sensación de ahogo y melancolía, causada por el encierro y la seguridad material. Antonio Martín, presintiendo lo que podría pasar, reunió a toda la comitiva y les mostró una puerta en la que hasta ese momento nadie había reparado. Se sorprendieron de no haberla visto antes, porque era realmente monumental. El héroe abrió la puerta, dando lugar para que pasaran y vieran lo que les esperaba. Un festín de elementos, luces y formas que nunca podrían haber imaginado. Y les dijo: vamos a hacer un baile de mascarillas. El salón tenía el tamaño de tres palacios, no se podía abarcar con una sola mirada. Estaba ornamen- tado al gusto y preferencia de las grandes cortes. Escondía decenas de curvas y vericuetos y, de no ser por una alfombra azul interminable que unía todo, en cada recodo el aspecto y la percepción del espacio se volvían diferentes. El estilo de nuestro héroe era muy especial. Desdeñaba los caprichos de la moda. Sus planes eran salvajes y sus creaciones brillaban con esplendor. Los colores predominan- tes eran difíciles de describir. Sólo al presenciarlos en persona se podía comprender la constelación que conformaban unidos. Un verde claro musgoso, un plateado apagado hasta la ceguera, un agua- marina denso, un blanco sombrío, un tenue nacarado y más de treinta gamas de negro. El ciclópeo recinto estaba engalanado con exquisitas obras de muy diversas dimensiones que replicaban, o quizás proyectaban, esos mismos colores. Pero el detalle más impactante era que en ninguna parte del salón había lámparas o candelabros. La única iluminación venía de un enorme trípode con un brasero ardiente que, desde un cuartito anexo, lanzaba sus rayos al través de los cristales de un acrílico tremendamente matérico. La luz era deslumbrante en sus inme- diaciones, pero se volvía cada vez más siniestra a medida que la distancia aumentaba. Muy pocos bailarines se sentían con el valor suficiente para alejarse demasiado. En el pasillo contiguo había una enorme heladera llena de los mejores licores, pero cuya puerta resonaba cada vez que se abría, al punto que una perturbación momentánea recorría a toda aquella alegre multitud. Hasta los más sensatos se hundían en meditaciones y ensueños febriles por esos instantes y eso hacía que lo pensaran dos veces antes de usarla. Dentro de ese pequeño milagro, les amigues empezaron a bailar al ritmo de algo que no entendían si venía de adentro o de afuera. Era una cadencia cálida, a un tempo ralentizado y con melodías incompletas que se superponían generando un clima voluptuoso, casi acuático. Probaron sustancias sin saber qué eran hasta que encontraron esa intensidad que perturba y enloquece, un éxtasis imposible de detener. Por momentos se preguntaban en qué lugar del universo estarían. A la vez, dentro de ese irresistible balanceo colectivo, cada cual sentía una soledad muy digital... como si la humanidad hubiera desaparecido y sobreviviesen solamente las imágenes, eso que subsiste debajo de la ropa que se habían puesto durante siglos. Por eso fueron tante- ando el aire, como buceando, buscando cuerpos para abrazar en una intensidad cada vez mayor, hasta que se conformó una orgía alegre y magnífica. En ese trasluz confuso, sólo se distinguían figuras arabescas, siluetas incongruentes. Era imposible distinguir lo bello, de lo licencioso, lo extraño de lo terrible y lo repugnante. Se sentía como una multitud de sueños encimados e irresistibles que se contorsionaban en todos los sentidos. Pero incluso entre quienes creen que la vida y la muerte son un juego, hay cosas con las que no se puede jugar. En un momento de la noche, empezaron a notar la presencia de una máscara que hasta ese momento nadie había percibido. En esta reunión de fantasmas, sólo una manifestación muy extraordinaria podría haber causado esa sensación. La figura en cuestión había sobrepasado la extravagancia general y además, evidentemente, había franqueado los límites del encierro. Era un personaje muy alto y delgado, envuelto en una mascarilla de la cabeza a los pies. Cuando los ojos de Antonio Martín se posaron sobre él, pareció conmoverse por un violento estremecimiento de asco y terror; pero un segundo después, se llenó de ira y exigió a les amigues que lo redujeran y desenmascararan. Hubo en el grupo un leve movimiento de avance en dirección al intruso, quien durante unos segundos estuvo casi al alcance de sus manos. Ahora bien, por cierto terror indefinible que la audacia insensata de la máscara había inspirado a todos los allí reunidos, no hubo nadie que le pusiera una mano encima. La inmensa asamblea, como si obedeciera a un solo movimiento, fue retrocediendo del centro hacia a las paredes y la máscara continuó su camino sin interrupción, como si flotara con un paso solemne y mesurado. Fue entonces, cuando Antonio, exasperado de ira y de vergüenza por su momentánea cobardía, se lanzó precipitadamente a través del salón. Nadie lo siguió; un terror mortal se había apoderado de todo el mundo. El encuentro con el intruso duró un instante, y luego sonó el grito más agudo que se pueda oír. Al desenrollar la máscara no se develó nada parecido a un ser humano. Una masa deforme y vibrante esperaba su revela- ción. Era una comunidad de seres diminutos, casi imperceptibles, que conformaban un cuerpo inexplicable. Les amigues se sintieron sofocados por un terror sin nombre, al ver que no había ninguna forma palpable. El intruso se deshizo en millones de partículas que penetraron en todos los huecos de los vivientes. En seguida reconocieron la presencia de la Muerte. Les amigues fueron cayendo sobre los restos de la orgía hasta morir en la postura desesperada en la que se habían precipitado. Las llamas del trípode se extinguieron. Nuestro héroe, aterrado y arrepentido por lo que había hecho, sólo atinó a tomar las obras que aún que- daban más o menos inmunes a la destrucción. Sin saber que hacer, las acomodó una por una en la heladera. Probablemente lo hizo instintivamente, asociando al aparato con la conservación de lo efímero. Pero tras colocarlas, la culpa y el terror invadieron su alma y se dio cuenta de que sólo estando con ellas encontraría algo de paz. De modo que, de un salto, empujó su cuerpo y se precipitó en las fauces de la máquina sabiendo que esa sería su última acción material. La puerta se cerró haciendo un sonido siniestro y Antonio Martín Ías, abrazado a las obras, se extravió en ese gélido y oscuro océano hasta perderse en el olvido del mundo.

Pintor maldito

El pintor maldito en la era geológica del inconsciente desatado. Por Alfredo Aracil “Al futuro le toca decidir si en mi teoría hay más delirio de lo que yo querría, o si en el delirio hay más verdad de lo que muchos están dispuestos a creer”. Sigmund Freud La noche había caído. De la boca de la mina ascendía un suspiro de vapores que se posaban sobre los restos de un día de duro trabajo. Bajó la cabeza, se sentó sobre sus talones y buscó el oeste para dirigir el último saludo antes de dar por terminado el día y retirarse a la minúscula célula donde comía y dormía. Sentía fuego en los pulmones por culpa del polvo que diariamente se traía consigo de las profundidades de la corteza terrestre. Al contacto con la mucosidad de su cuerpo, un fluido de mineral y partículas literalmente le inundaba, trazando una red de aguas impuras en forma de ríos y afluentes que circulan sin destino ni origen. La marea se movía por estratos, como se inunda el pasto cuando se rompe una tubería, de la carne más roja al rocío que impregna el aire en las mañanas de otoño. Estaba agotado pero se sentía con fuerzas, algo estaba creciendo. Desde hacía varios meses, la pintura le había devuelto la esperanza. Las pruebas arrancaron ni bien se hicieron públicos los primeros indicios de descomposición. La realidad unívoca se estaba evaporando. Las certezas y los grandes principios morales se volvían porosos. De repente, la producción onírica general de todos los seres, tanto animados como inanimados, empezó a propagarse. Dejó sin más de subordinarse al hecho biológico de estar o no dormido. No había ningún algoritmo capaz de distinguir el delirio de la verdad. Y ante la falta de consenso sobre el origen y el alcance de los efectos de este virus epistemológico, la comunidad internacional se dejó llevar por los rumores y puso su atención en La Excavación. Fue en la galería Nº8 del Pz1 donde por primera vez se escuchó hablar de materialización onírica, que era como provisionalmente se nombró aquel extraño fenómeno. Allí se hizo contacto por primera vez con la gelatina, la supuesta causa de la revolución inconsciente en curso. Desde el siglo XIX, al comienzo de la era industrial, se especulaba con la existencia de una película viscosa de color rosa que, supuestamente, tenía la capacidad de volver concreto lo abstracto. Marx la cita en Los Grundrisse, su libro menos analítico. La describe como una materia sintética capaz de transformar el trabajo en riqueza, “dinero que produce dinero”. En su posible domesticación sitúa las claves de las luchas futuras por el el gobierno de todas las cosas. Lo que realmente llamó la atención de los investigadores fue el poder de la gelatina para conseguir lo que siglos de ideología no habían conseguido: ni más ni menos que suspender el conjuro homeostático del realismo capitalista. Desnaturalizar todo lo que damos por natural y llevar a término todo lo que históricamente había sido catalogado como fantasía, como por ejemplo, en el contexto de la mina, la existencia de un mundo donde el trabajo no sea tomado por el capital, donde las personas pudiesen vivir en la abundancia, sin depender de un trabajo mal remunerado y deshumanizador. Al parecer, bastaba con tocar la gelatina unos segundos para infectarse de su potencia alquímica. Además, era capaz de volver real aun los más excéntricos y secretos divagues de grupos enteros de sedimentos y rocas que llevaban siglos y siglos en la profundidad de la mina esperando volver a la vida. Un día, el carbón, por ejemplo, reclamó su lugar no solo en el desarrollo técnico del planeta. Igual que el aluminio reclamaba un lugar como creador de imágenes y formas de vida, en lo cultural y lo estético. De modo que nadie quería trabajar más. Los responsables médicos de la empresa se vieron superados por el aluvión de bajas. Y como no daban con la forma de controlar la situación, se terminó por generar una delicada discusión pública sobre los límites de la salud mental y sus tratamientos. Años más tarde, se produjo la total prohibición de la psiquiatría y el psicoanálisis. A la salida del ascensor, sintió una nueva punzada de suprarealidad. La energía creativa de la gelatina cooperaba en la labor de solidificar el contenido plástico de sus delirios. Dejó de reprimir el deseo adolescente de ser pintor maldito, que ahora se presentaba en medio de la jornada, cuando con las manos trataba mecánicamente de separar la hulla de la simple roca. Impulsadas por sus trabajados músculos, las visiones abandonaban superaban los límites del mundo de la imagen. Brotaban de la corriente sanguínea, usando el mineral y su sistema nervioso como medios de propagación física. A veces eran figuras sueltas y a veces cuadros enteros de paisajes lo que se desprendía de lo consciente: en la oscuridad de la mina, veía alzarse un sol rojo y oblongo, una sucesión infinita de olas que erosionan la costa, bosques de coníferas coloreados por una luz entre verde y azul. El clímax coincidía con escenas panorámicas de la cúpula celeste salpicada de estrellas y otros accidentes naturales, que se superponían sobre el mapa geológico de sus neuronas. En ocasiones, le sobrevenían representaciones de sí mismo en otras vidas. El pico y la pala se le caían de las manos, arrebatado. Fuera de sí, se elevaba y se sentía trasportado a otro punto de vista. Se veía en la cama, en pijama, con la boca abierta, la baba cayendo sobre las sábanas. Esto, sobre todo, pasaba durante el día. Pero en ocasiones, durante las noches que no podía dormir por culpa del cansancio extremo, le sobrevenía la sensación de soñar despierto. Se sumergía en viejas pesadillas y miedos atávicos impersonales. Una noche le visitó la muerte acompañada por un lagarto en camisón, en una ambientación de estilo tardomedieval que en realidad provenía de la realidad psíquica de uno de sus compañeros. Porque los sueños de las personas se mezclaban y los deseos se socializaban. Fueron precisamente esas escenas más allá de uno mismo, las más vividas y misteriosas, las que terminaron por tumbar las últimas defensas de su consciente. Al final pasó que, tras muchas discusiones, las autoridades científicas aceptaron que no podía contener a la gelatina, que la tierra estaba entrando en una nueva era geológica de consecuencias subjetivas impredecibles. En definitiva, abandonaron La Excavación a su suerte. Aún así, antes de decidirse a trasladar la producción, los propietarios de la mina probaron a frenar la hemorragia de absentismo laboral con más disciplina. Primero obligaron a practicar yoga y ejercicios espirituales a la mañana. Y finalmente, recetaron benzodiazepinas y anti-psicóticos. Buscaban inhibir el deseo e inducir el sueño profundo sin imágenes. Pero la medicación no tenía efecto alguno, ya que no lograba contrarrestar el curso de aquellas maquinaciones ociosas, el cuelgue generalizado de toda la plantilla que cuando no alargaba la hora de la comida de forma indefinida, directamente, suspendía la actividad y se entregaba al placer de verse arrastrados a los confines más psicodélicos de la mente. Se trataba de un impulso liberador a todas luces incompatible con la jornada de ocho horas y cinco días semanales. Era absurdo tratar de detener la fuerza hidráulica de delirios y energías mentales subterráneas muy anteriores al lenguaje y a la acumulación capitalista. En lo personal, todo se rompió un día que amaneció con el presentimiento de que el salario era una droga usada para contrarrestar lo que su imaginación estaba llamada a hacer realidad. No le importaba más cumplir con el deber ni tampoco satisfacer obligaciones externas que antes sentía como propias. Juntó sus cuatro pertenencias y contó sus ahorros. Le daba para comprar una autocaravana. Quería levantarse tarde y pintar. Vivir una vida nómada y bohemia. Ser como Courbet, caminar descalzo por el campo y dejarse llevar por la pasión. Entregarse al lujo comunal. Todavía bajó a la mina un par de días más. Aunque a medida que el sueño lo invadía todo, la división del tiempo en minutos y segundos se volvía más arbitraria. El agotamiento, por fin, dejó pasó a un placer sereno y flotante. Era muy parecido al que sentía de pequeño, los domingos por la mañana en la cama de sus padres, sin malestar ni resaca, las jornadas interminables del pintor de domingo.

PANJSKE KONCNICE: Vida y obra de un enjambre. Por Malena Low y Ramón Arteaga ¿A qué empezó a parecerse la vida cuando dejó de estar sometida a los estados biológicos del sueño y la vigilia tal y como los reglamenta el trabajo? ¿Qué forma tomaron los pensamientos y las producciones oníricas al materializarse, al desbordar las fronteras biológicas para permear en otras materialidades? La realidad comenzó a llenarse de marcas, huellas, sigilos, dibujos, jeroglíficos. La materialización del lenguaje onírico osciló entre un cambio de soporte y la traducción misma. Toda experiencia mental privada tiene instancias materiales muy específicas, pero estas se vuelven más tangibles en tanto esa experiencia pasa a ser más parecida a un acto manual que al de una inferencia lógica. Al principio fue necesario mucho esfuerzo para realizar los procesos de trasvase onírico: el vuelo ingrávido que los sueños tenían en el espacio mental interior generó una fricción al irrumpir en el fluir tosco de la materia en el espacio. Hasta que se encontraron heurísticas apropiadas, no era raro que un sueño fuera como un documento exportado de un formato incompatible que de pronto deja al descubierto un pedazo de código de programación, un charco de espacios en blanco en medio de formas familiares o una masa de símbolos vaciados de significado. Uno de los más célebres episodios de materialización mental panpsiquista sucedió entre los apicultores eslovenos a partir del siglo XVII. El prolongado contacto de estos campesinos con las abejas los llevó a un trance mental progresivo que se fue traduciendo en un lenguaje pictórico basado en un alfabeto de íconos sobre paneles de madera, llamados panjske koncnice en su lengua materna. Así como las abejas crean un entorno de formas simples y geométricas por medio de su trabajo comunal, los apicultores y pintores eslovenos partían de figuras discretas que, al combinarlas, generaban una imagen más grande en la que los relatos no emergían de ciertos parámetros discursivos, sino como una atmósfera. Las imágenes tenían la apariencia de la nocturnidad, un resplandor inverso al del día. La luz no incidía en las cosas sino que surgiría de ellas y hacía que sus contornos fueran resplandecientes y pantanosos, no opacos ni rígidos. La sensación de las atmósferas lumínicas eran contraintuitivas, atentaban contra los significados claros. En estos paneles, “pájaro muerto” se expresaba dibujando un pavo real en todo su esplendor, agregándole cruz en el pecho y unas calaveras en la punta de sus plumas. De pronto la imagen de la muerte podía pensarse con todo otro repertorio de imágenes y sentimientos. Aunque el principio compositivo era análogo al de otros tantos lenguajes (un significado complejo se compone de significados simples), las posibilidades plásticas de los íconos terminaban por desdoblar el significado: la muerte se componía con las formas exuberantes de un pavo real, cuya carne los mitos siempre cifraron como incorruptible, como símbo- lo de vida eterna. A partir de esta conjugación simbólica desbordada por la 19 AUTOR DEL LIBRO representación plástica se abría la puerta a que su significado se descentrara y fugara hacia otra parte, arrastrando con él todo un caudal de sentimientos de la comunidad. Ese contagio de las formas de organización de enjambre hizo que los cuerpos de los api- cultores se fueran diluyendo en un todo orgánico que suplantó el espacio mental indivi- dual, interior y privado por el ágora de objetos y lugares que permeaba y servía de unión a los cuerpos. Entonces los espacios de trabajo se fueron contagiando de los flujos de con- ciencia que antes sólo podían atisbarse indirectamente gracias a inferencias. Estos flujos con frecuencia dejaban a su paso un rastro en los paneles de madera que contenían los paneles de abejas. A medida que se producían estas disoluciones entre cuerpos y prácti- cas, muchos nombres también fueron quedando estancados en la inutilidad. ¿Qué ele- mento distintivo tenía el arte respecto a la artesanía? Los artistas dejaron de serlo, el arte como medio para imaginar una vida distinta fue convirtiéndose en una práctica más de esa vida que iba descubriéndose.¿Qué diferenciaba el trabajo manual del trabajo onírico? Con el paso del tiempo, lxs Arqueólogxs del pensamiento se volvieron historiadorxs del arte y, a partir de sus hallazgos, trataban de entender las consecuencias de que la vigilia y el sue- ño fueran fenómenos excluyentes, reconstruían los mecanismos de identificación de lo que antes contaba como “un individuo”, inferían qué tipo de prácticas eran consideradas trabajo y cuáles formaban parte de esa extraña contraparte llamada “ocio”. Era frecuente encontrar obras que intentaban capturar estados de conciencia “profundos” que ahora flotaban en la superficie de las cosas: atrapasueños compuestos con caracoles, bijouterie falsa, cuerdas y bolsas usadas que recreaban supersticiones colectivas aún más pretéritas, espejos adornados con motivos florales que el paso del tiempo y el desuso había dado una apariencia de fósil. Reconstruir esos espacios mentales privados implicaba formar constelaciones de sen- tido a partir de las esquirlas oníricas que se confundían con arte o con basura. Por eso lxs arqueólogxs del pensamiento siempre corrían el riesgo de ficcionalizar la mente de sus antepasados, pues sus objetos-obras de arte del pasado muchas veces son hallados en conjunción con otras capas de basura sedimentada. Entonces tienen que decidir, por ejem- plo, si los caracoles pegados a un marco tenían una función representacional, supersti- ciosa, si era un efecto de dónde estaba ubicada la obra o si se adhirieron mucho después de que el retrato se perdiera en el olvido de los tiempos. ¿Por qué algunos cuadros esta- ban meticulosamente cubiertos con masilla, mientras otros aún mostraban viejxs ídolxs con forma de conejo caprichoso? ¿Hubo procesos de iconoclasia selecti- va o simplemente era una cuestión de la geología particular de cada región? El misterio que rodeaba los modos de existencia y las producciones materiales del pa- sado suscitaba una suerte de presencia permanente de esos mundos extintos. A me- dida que se sabía más y se formulaban más preguntas al respecto, las creaciones y los sueños del presente tomaban forma en base a registros arqueológicos, hipótesis y supers- ticiones. Como manchas de tinta sobre una tela aguada, esta sensibilidad volcada al pa- sado se diferenciaba y se mezclaba con otras que, por ejemplo, profundizaban en un as- pecto más esotérico a partir de la generación de atmósferas lumínicas. Parecidos a lo que en otro tiempo se llamaba “corriente” artística, estas sensibilidades ahora materia- lizaban la expresión al mismo tiempo que la sacaban de una esfera autónoma. Estas co- rrientes no eran otra cosa que políticas, y entre ellas surgieron movimientos polémicos. Cuando parecía que se habían agotado todas las formas de restituir el pasado, después del apogeo del historicismo arqueológico surgió un movimiento que prometía restaurarlo de una vez para siempre. Como una suerte de conservadurismo biológico, empezaron a generar entornos que modificaban la configuración psíquica y la devolvía a estados previos. Entonces una parte de la población volvió a instituirse como individuos que permanecían en un esta- do catatónico durante un tercio del día, fomentando una disociación en su propia conciencia que desde otras posiciones más progresistas se consideraba una depravación moral y una violación a los principios de convivencia. Como era de esperar, las facciones reaccionarias volvieron a proclamar la 20 NOMBRE DEL LIBRO autonomía del arte y la producción material fue el campo de batalla en el que se decidían los modelos psíquicos y políticos. Tanto de un lado como de otro, las producciones se hicieron más fastuosas y alineadas a programas rígidos, el arte se confundía con el marketing y el marketing con la manipulación biológica. A ritmos acelerados, el progreso cándido fue devorado por posicionamientos más feroces y revolucionarios que buscaban aplastar a los sectores reaccionarios. Si hacía falta, todo el pasado podía ser eliminado con ellos. En ese clima, la arqueología del pensamiento era vista como una connivencia reaccionaria, así como las obras basadas en símbolos fueron desestimadas por demasiado ambiguas y poco contundentes. Todo el arte, todos los grupos que tenían otra forma de relacionarse con lo político, una forma no bélica y pancartera, de a poco se fueron retirando a refugios y catacumbas dispersos por diferentes territorios, vién- dose abocados al anonimato y la disidencia. Sin saber nada del exterior y pendiendo de un hilo toda la vida que habían ido construyendo, su arte proliferó en esa relación ambigua con el futuro que deja la diáspora: la promesa y la autoafirmación se sustentan entre sí, la necesidad más inmediata y el sueño más remoto se igualaban en su capacidad para mantener un hilo de vida desde el que seguir.

Revelación circular en el bar eterno. Por Cristina Póstleman Despertó en medio de la noche. Abrió los ojos silenciosamente. Su despertar se unió con el último esbozo de sombra y el primer rocío nocturno. Atinó a buscar la manera de sacudirse los efectos de lo sucedido a la hora del último ocaso. Gugleó la Estación de Limpieza de los Cuerpos. La E.L.C. renovaba las funciones relativas a las conexiones de los flujos libidinales. Esa tarde había colapsado a propósito de los festejos por la victoria del equipo principal de momosport. Por eso no logró ser atendido. Apagó la máquina, salió y se sentó en el bar eterno. En el tendedero de información, había una lista sobre nuevas instituciones. La descolgó y la exploró. Una de ellas era el Dispositivo de Olvidar. Una intriga lo embargó. Buscaba una función de escucha que reemplazara los efectos de la vieja máquina colapsada. Allí creyó hallarla. Volvió y entró. Esa noche, la página del D.O. marchaba rápido. Fue atendido. Puso toda su repulsa contenida sobre el paño. Abrió el micrófono y la cámara, y dijo al ávatar: “... estuve al límite del ahogo, de vez en cuando el engendro se detenía a mearme los ojos”. Dijo más, recordó que el rostro del susodicho era parecido a muchos de los que había conocido antes de la explosión. La respuesta del ávatar de turno no lo satisfizo. Sólo oyó réplicas de eslóganes formateados. Decidió recurrir a otra de las dependencias de la ciudad. Buscó, hasta el anochecer. Sin esperarlo, se topó con una puerta nueva. La puerta estaba abierta. Se introdujo sin pensar. Fue siguiendo las flechas que iluminaban el pasillo de entrada. En las paredes despojadas decía algo en forma de imperativo en mayúsculas -que olvidó eventualmente. Solo recuerda que en su desesperación siguió la única consigna que lo conectaba al mundo. A los pocos segundos su consistencia homeostática había sido reanudada. Me contó en el bar, con una descripción más bien corta, que allí había acontecido lo siguiente. El imperativo escrito en las paredes había tenido como efecto la momentánea detención de las funciones algorítmicas programadas. Se había encontrado entre paredes transparentes reflejando su mirada en infinitos planos. Aunque la señal era de alta resolución, y el sustrato era de más baja, la superficie, sorprendentemente, no parecía pixelada en extremo. Hasta habría apostado que era el viejo mundo real. Un deseo desmesurado de estallar lo había cautivado. Un instante, que no pudo contabilizar, habría permanecido bajo esa sensación de descompresión. La explosión había sobrevenido finalmente. Una leve baja de presión lo había aquietado. Pudo sentir la revitalización de espacio libre a medida que los cristales iban componiendo constelaciones luminosas que le parecieron maravillosas. En medio de esta revelación, vio seres. Evocó una vez más la consigna. Percibió que la indicación estaba escrita en lenguas muertas. Pero que la comprensión no pasaba ya por su mente. Que lo único que restaba era rearmarse mutua y recíprocamente con las entidades merodeantes. Vio sus rostros intercambiarse. Él mismo desconoció el propio en los cristales. No pensó la causa ni la consecuencia. Lo prefirió. Su mano halló su propio sexo expectante. En la penumbra pudo ver que se había vuelto de color rosa y que había adoptado forma de fuelle. Se sintió allí no obstante entero y amorosamente esculpido junto a un jardín de cuerpos florecientes. Durmió unas horas. Despertó en medio de la noche. Abrió los ojos silenciosamente. Su despertar se unió con el último esbozo de sombra y el primer rocío nocturno. Atinó a buscar la manera de sacudirse los efectos de lo sucedido a la hora del último ocaso.

Bianca, Reina del Cosmos. Por Irina Podgorny Dicen que mi madre, su fantasma, vaga por las calles de Bakú. Que regresó para protegerlos, para guiar a los rusos en su paso hacia al futuro. Le ponen velas, ven su sombra en las ventanas. Se les aparece en los espejos. Les ladra en la oscuridad. Presagia los rayos, los incendios y las explosiones de los pozos de petróleo, detecta virus nuevos y quiere, arrulla, a los niños ciegos. Una patraña moscovita. Mejor dicho, otra, una de las tantas que, allí en el Kremlin, se componen con luces, sombras, letras y bastante química inorgánica. Mentiras, meras mentiras. Aquí, conmigo, en el museo, está su cráneo, mi tesoro, mi refugio, mi secreto. La verdad. ¿No me cree? ¿Ud. dice que esa es la mandíbula de una cabra? Pues mire bien: ahí, en el molar, está la prueba de su esencia canina. Es igualito al mío, torcido para adentro. Sí, sí, si prefiere, sáquele las correas: con ellas le ataron las quijadas después de dormirla. Cuando despertó, cuando yo nací, se le habían integrado al hueso. Las conservo porque así la conocí. Atada, maniatada. Como todo astronauta, comía por una pajita que, sin embargo, no interfirió con nuestra felicidad. Me educó, me enseñó todo lo aprendido en los laboratorios siberianos de la URSS: álgebra, geometría analítica, varios idiomas, principios avanzados de computación, cálculo, administración, literatura y fotografía. ¿Arte? No, a mi madre no le gustaba, no sé por qué. Era una perra educada, una señora de la ciencia, una ingeniera de gustos conservadores. Fue a la escuela del Dr. Schulz, un alemán que había logrado su sueño: demostrar que todos los animales pueden aprender a hablar. Los operaba, les implantaba cuerdas vocales de terneros nonatos. Con eso, alcanzaba para que todos, perros, loros, renos, hablaran como vacas. Perdón, quise decir, como humanos. No quise ofenderla. Disculpe. ¿Pudo desatarlas? No sabe cuánto se lo agradezco. Hago ecuaciones con los pies pero no tengo manos y con mis dientes, nunca pude. Además, tampoco soy un zorro. Perra vieja y a mucha honra. Si, acertó: a las correas les debo este dejo de perro genovés. Condenada a mantener los dientes apretados, mi madre silabeaba casi silbando. Así me crió, así aprendí, imitándola. Estábamos solas y en la Luna. No escuchaba a nadie, nada, salvo su voz. Sus gruñidos mascullados, sus chirridos. Nunca me ladró, no podía. ¿Cómo va a ladrar ahora, en la oscuridad de las calles de Bakú? Imposible. Juntas viajamos al espacio, juntas descendimos. Yo, al llegar, apenas era una cachorrita. Bajamos contentas, ella la primera, moviendo la cola, oliéndonos el culo para confirmar que estábamos vivas. Recién entonces miramos para atrás, para arriba, para los costados. La cápsula, la nuestra, ya no estaba. Había vuelto a partir. En ese valle, no había nada o, mejor dicho: además de nosotras, estaban las piedras y el destino al que nos habían enviado anunciando que la mandaban a dar una vuelta, a morir por la ciencia, a la eternidad. Y a matar de rabia a los norteamericanos. Era otro mundo. ¿Le suena absurdo? Un poco quizás, pero no exagere: este no es mejor. Repasemos: cuando el cohete despegó, yo, todavía, no existía. Al día de hoy nadie sabe que existo ni que alguna vez nací. Salvo Ud., mi cronista, la fotógrafa de mi museo, de mis restos. Confieso que me gusta cómo me llama: Bianca, la reina de el Cosmos, la emperatriz del desierto y del espacio. A mamá también le hubiese agradado pero, en vida, prefirió ocultarme en el silencio. Creía que sin nombre nadie me vería. La habían preñado en secreto, otro experimento. Le metieron material genético de no sé cuántas especies porque, por entonces, estaban seguros que la Tierra volaría por los aires. Había que salvar a los rusos, a su naturaleza, a su saber y a su alma. Su grandeza. No tuvieron mejor idea que inyectárselos a una perra. Mi mamá y su barriga fueron el Arca de Noé que enviaron al cosmos. Las noticias dijeron otra cosa, ya sabe Ud., pero la verdadera misión era esa. Prolongar la vida soviética en el receptáculo que fuera. Venga, recorramos el museo y verá nuestra progenie. Todas esas perras que nos miran, como embalsamadas, están vivas. Mis hermanas, mis hijas. Yo decido cuando mueren, cuando nacen, cuando se duermen. Somos hermafroditas y con olernos, nos alcanza para que todo vuelva a empezar. Hemos conquistado este planeta con paciencia y parsimonia, convencidas que estaba vacío y que el rojo teñiría el porvenir. Hasta que, en una expedición, cuando ya éramos jauría, descubrimos la presencia de una raza que construía casas de piedra, cuevas y nichos, le rezaba a estas cuevas y a las cascadas de fuego. No hablaba ruso ni francés y nos trataba brutalmente. Nos pateaban y nos tiraban piedras. Los dejamos hacer y, mientras tanto, aprendimos sus costumbres, coleccionamos las rocas con las que creían lastimarnos y observamos su decadencia sabiendo que, tarde o temprano, desaparecerían.

¡A la fronda todo! [Informe Pentalfa] por naKh ab Ra (* Nos deslizan tres sobres por el buzón de la clínica, con reproducciones de obras de tres simbiontes de la espesura. Empezamos por el detalle de las “pieles” y “cortezas” expuestas sobre la superficie de la hoja, relevándose ante nuestra doble mirada óptica y psíquica. Sin admitir la menor distracción comparativa enfocamos la empiria de cada brote: manchas, haces, motas, ofitismos, licuefacciones, más todas sus sígnicas cualitativas: grados de presión, acentos del trazo, estados de coma. Si nos abstrajéramos del foco diríamos que cunden pieles de leopardo, de serpiente, plumajes y escamas (el glam prehomínido). Pero en cuanto al rigor mismo de las brotaciones (detectarlas es nuestro oficio) son corporeidades de producción desántropa y no-fantásmata (es lo inquietante). Tales corporeidades son hendiduras hacia fenomeníos de informacion viva (lo confirmamos a primera vista y segunda miración). Y no por ello dejan de informar aspectos humanoides y geográficos del extensum, llegando a bosquejar escenas de intrigas galantes –cabría llamarlas–. Bien saben lo que implica la simbiosis en nuestra traducción libre: interpenetración de agregados, lo que a la vuelta de árbol da en conspiración. Es a esta intriga a la que también apunta la Clínica Pentalfa en sus rastreos. Se manifiesta una atracción voluptuosa por los valores indiscernibles, tanto como la invitación –la tentación física– para captarlos: “Seducidas por la espesura”, está escrito con lápiz en el borde inferior de una ilustración. Evidentemente es el magneto de La Fronda (pernocten acá una semana, con estos testimonios a la vista) y es la espesitud de las interfases = la división celular expandida que durante días y noches lee y relee los adeenes del entorno: exhalan, evaporan (como el irupé mesopotámico que gatilla a kilómetros a la redonda), llegando a olfatearse su exhalación proliferante desde cualquiera de nuestras tres clínicas instaladas en el área: Tetragrammaton, Pentalfa y Baphomet. Las avenidas hacia lo vivo merecen sus peajes: ustedes lo practican como demiurgos y nosotras lo captamos por psicurgas, y es justo aquí donde hallamos algunos inconvenientes para ustedes: junto a los fenomeníos de información viva restallan aquellos todavía más físicos de la “vasta vivificación” [evento gnóstico por excelencia, registrado desde hace más de dos milenios], vinculado al código resurrexit perseguido desde Roma hasta hoy. Por ejemplo registramos agrupaciones de esqueletos revividos como cardumen, atravesando a medioaire (navegando) el claro central de baobabs. Por el mismo código se suceden taumaturgias de tipo anorgánicas: la acefalización, como ya saben, desde el caso del Caballero Verde en la Edad Media y el más cercano de André Masson, entidad aquí resurgida surfeando un “dragón” que desde ya es un emblema de la información viva y cabalgable de las corrientes telúricas. Esto se continúa en una suerte de pequeño Pan o daemon poblado de pájaros = medios intensivos de comunicación, lengua de los pájaros. El bosquecillo de intrigas se advierte población que transmite sin pausa a través del álogon, desestimando de plano el logos (confirmado). Sea con posibilidades de éxtasis o domas –de los sub-códigos de álogos–, montando señaléticas que esquivan los stocks de las colectoras de energías. Aquí bosque se hace de bosquejos que son dispositivos de entitesis. Se perciben a millas de las tesis supervisables por nuestros códices globales. Sus transmisiones muestran frecuencias de onda espectrales, líneas de fractura de la estabilidad de las formas naturales / reales, en definitiva bosquejos entre bosquejos: “¡A la fronda todo!”, se ventilan entre sí quienes operan. Su bosque total es una ingeniería forestal si astral, lo que viene a confirmar que tales obras son una fermentación gremial, que con mayor precisión estipularon los alquimistas que ustedes encuadran desde hace siglos: “fecundaciones astrales en el gremium matris terrae”, dijeron alguna vez. Fermentación tan afín a las infatuaciones espíritas que por aquí rampan mutuales, es decir recíprocas, que cabrá aguardar masivas transferencias de signos a través del hormiguero intermedio, aquél caldo pre-semiótico detectado tardíamente en polos bancarios y terciarios. Mientras tanto, a la altura intermedial de los soplos, el hervidero llega a su máxima suspensión: se constatan efectos alantes, dehiscentes y paletados, reptantes y surfers, que por su densificación hacia lo volátil y viceversa, generan plasmas de información prehomínidos. De allí los plásmatas que leímos en Dick, a quien nuestra pragmática desestima como autor de ficción: vamos directo al hueso disociante del gesto en la escritura, allí donde se revelan las sociedades separadas (para eso nos siguen contratando) o más precisamente la comunidad de las imaginaciones separadas [de la facultades, claro]. ¿Qué hacen esas imaginaciones y estos entrelazamientos de plumas y lianas? Hacen la nave (literal). Como la que hubiera querido hacer el colectivo Association of Autonomuus Astronauts allá por los años 90 en Londres, si bien equivocaron de plano el método. La única ingeniería no pasible de intervenciones estatales o corporativas es la ingeniería astral disociada: asociada a otras fases. En estas obras la vemos trabajando en su plano meteorológico: éste indica todos los manierismos de una nave ambiental. Arquean todas las señales y trazos hacia un vector helicoidal o de torbellino que es también de sumergimiento en la espesitud. Exaltación de un ritmo sin métrica –decíamos–, es decir de timbres, de llamadas “telefónicas”, señales de rituales inauditos. Es decir efectivos haces de MA-TR. Ustedes saben: MA-TR es la antigua cifra haitiana de Maître o Maîtresse: quienes entrenan las naves. Más la subsiguiente clave roja: [des]MA-TR = sofiología de la desmatrix. Igual que los astrónomos nosotras damos nombres pop –es decir míticos–, a ciertos descubrimientos, confiando en su traducción automática. Desde hace años seguimos la capacidad-para-espíritus que cada MA TR porta, en su decidida afrenta hacia los principios de peaje de la semiosis deíctica y significante. Tal provocación no viene de las personas (sus vidas pueden ser metaestables), sino de su desactuarse en trazos, filamentos, cableados y ductos, que aunque los ignoran por completo, sin embargo se los agregan por otra parte, donde nadie se gasta en programar (es el poder del dado). A veces sus emisiones contienen citas a otras simultáneas: se producen detonaciones de data no-marcada. Un haz de actividades en montaña rusa, con la deposición abrupta de los candados discursivos del dibujo a favor de un gasto gestual aluvional. Por eso sedimenta, en el campo de intrigas y suspensos de algunas de sus obras, un acento de “dolce far niente”. Esto será porque contactan con el impasible “I know something”, estribillo del oportunamente medicado Roky Erickson, que desde antes de empezar ya cantaba que “sabía algo”. Descansan mientras actúan: hay camuflaje. Saben mientras no se forman: hay adivinación. Y se transforman para el informe subrepticio. Y así atisban cada conato de serpiente informalescente que avanza entre correas y cuerdas. Y así también las relaciones sub formales de sus semióticas muestran que subyacer liminarmente es una operativa eficaz: sensibles a la vera de cualquier aparición, de una o varias culebras MA-TR surgiendo de estanques y lagunas. Nada de esto será sencillo para las capturas de métodos y recursos. Ya que una aguda adivinación metódica del redor (sin la duda como método), achispa el escándalo de que el hallazgo fortuito es más preciso, incluso por dolce far niente, que el hallazgo por proyecto. Desafío para algunos componentes pensadores de nuestras clínicas. “Licencia para cada envolvente, la disolvente y el disoluto”, se insinúan entre sí enfatizando el borde licencioso de sus penetraciones de la cantidad. Hay un regusto por las relaciones promiscuas aunque suspensas, no perentorias, entre signos, sustancias sexuales, alientos, cadenas mágicas, mancornaciones arborescentes y jinetes de dragón [ = pilotos de semiosis]. Sus señales son fuertemente atractivas y repelentes, una precipitación de electros a todas palmeras, a todas plumas, a todas aletas, a todas frutas, a todo mar. ¿Algo arcimboldesco o boschico (bósquico, claro)? O, para que se nos entienda tal como se nos intuye: el enclave es un tatuaje ilimitado que según sus cribas que basculan intersectándose, hacen pasar o no combinaciones homoplásmatas, directamente vinculadas a la reparación de circuitos de sus naves. Tatuajes de fluidos derramados a tierra, de radiografía de plantas intermedias, denotando su eros de placas tectónicas. De allí que MA-TR, la Continua Informante [aquella Isis-Sophia de dos milenios] se les escape desde entonces hasta hoy: se encuentra en continuo camuflaje paisajístico. Tales emisiones pueden aparecer como ilustración o cine, no importa, pero siempre son conocimiento físico de las imágenes, un “eros del conocimiento”, más los medios para inducirlo, por no decir viajarlo, “descansando” a la vera de una emergencia de culebra MA-TR. Un principio neoclásico de La Organización era: “No hay conocimiento sin argumento”. Pero estos actos de percepción guardan su escritura en otra parte, según una vía neuronal con otras terminales nerviosas. Realizándose a una gran velocidad intensa y extensa, con una precisión que le da calce contrapuntístico a la palabra “no-conocimiento”, que saborea su fruto desde el vamos ( = “I know something”, cantaba Roky), gestado en la mismísima boca sibilante de la serpiente: ¿una manzana o un huevo? ¿Acaso no hay algo remotamente paradisíaco por aquí, en estas actuaciones? Donde el huevo está sostenido en flotación por la proyección de las exhalaciones-ambiente, listo para dar y recibir más embriones... No harán buenos científicos pero serán las máximas antenas: nada que pueda tranquilizar a su sector axiomático de ventas. A esta altura es fácil concluir que este grupo de señales en obra opera el triple proceso forestal de la vasta vivificación, del código-resurrexit más una fuerte [des]MA-TR. A veces estamos tentadas de asociarlos a los procesos vudutrónicos atlantes, que se contagiaron hace milenios hacia el actual Brasil. En la clínica Tetragrammaton que incluye la magia estelar ( = oceánica) entre sus archivos, circula que las magas y magos bajo el Atlántico proceden del “hundimiento de la Atlántida”, quienes inmediatamente se volvieron espíritus con cuerpos de pez, de ranas y serpientes-maitresse, con amplias redes de back-up espírita. Hoy continúan sus teurgias bajo el océano, en su templo cableado a profundidad (milenios antes de Internet) cuyas transmisiones pasan por el códice “vasta vivificación” que, como ya lo vieron actuar, revive lo que suena: prrrr-mmnnn –citamos–. Están allí abajo todavía, con capacidad de intervenir “cintas”, “cuerdas” y “candados”: “La descodificación es el terror de las formas sociales”, escribió un filósofo oceánida. Terminamos citándoles –para matizarles la empiria clínica– aquellas pretéritas artes que nos recuer dan éstas, labrando sus mensajerías a través de la fuerza decorativa de la piedra y el bronce, por ejem plo en los bordes de los estanques y en las puertas de los laberintos. Una progresión iniciática por desprogramada, que conduce sin sendas a través de las fuerzas ornamentales / elementales. No por nada aquí el transformismo sigue trabajando los exudados, los trazos, los gestos culebreantes [“the crooked path”, se le llama a la brujería sabática en Gales], envueltos en un caos secreto, no-relata ble, a veces contactable a través de la invocación “¡A la fronda todo!”. Y simplemente se trata de la auto-organización de la materia subiendo a la superficie de nuevo, gracias a unos coletazos de mons truo marino que avanza velocificando las bajadas y subidas de las naves (pueden ser casi juguetes), de los maridajes inter-específicos, de las fracturas de niveles, de las apariciones dentadas, plumosas, esqueléticas o escamadas, de corteza (cerebral) y de membrana (natatoria), Es el scratching en espi ras de los tatuajes que informan teatros de sombras y dispositivos optoelectrónicos: sus tecnologías de punta... Fuimos, vimos y no lo desmentimos: tales técnicas continúan siendo derrotables pero seguirán siendo victoriales.

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